domingo, 12 de febrero de 2012

La invención de Hugo Cabret

Brian Selznick



Primera edición: 2007

Primera edición en México: 2010



Desde su posición privilegiada tras el reloj, Hugo podía observarlo todo. Manoseó inconscientemente el pequeño cuadernos que llevaba en el bolsillo y se dijo que debía tener paciencia. El viejo de la tienda de juguetes estaba discutiendo con una niña que tenía más o menos la edad de Hugo. A menudo la veía llegar a la tienda con un libro bajo el brazo y desaparecer tras el mostrador. El viejo parecía nervioso aquel día. ¿Se habría dado cuenta de la desaparición de los juguetes? Aunque así fuera, Hugo no podía hacer nada para remediarlo. Si robaba juguetes era porque le hacían falta. El viejo juguetero y la niña discutieron un poco más y por fin ella cerró el libro y se fue corriendo.

Cuando el libro salió en 2010, yo no sabía nada de Hugo Cabret. Pero el año pasado, con el estreno de la librería de SM en la planta baja de la editorial, y mientras esperaba con Jorge a que bajara Quetzal para llevarnos a lo más alto de aquel edificio, veíamos la vitrina llena de novedades y viejos títulos cual niños en una juguetería. Ahí estaba La invención de Hugo Cabret que Jorge encontró emocionado, cuya historia hablaba de un niño, un autómata y un tal Georges Méliès. Platicamos emocionados con Quetzal sobre el libro, y más tarde cuando lo vimos para comer, traía dos ejemplares de regalo.

No lo leí de inmediato, pero ojeaba con encanto sus imágenes. El libro, de complexión robusta, pareciera volverse liviano cuando uno encuentra dentro tantas ilustraciones. Para aquel que quiere a toda costa ceñir una obra en un género, quizá le resulte difícil decidir si La invención de Hugo Cabret se trata de una novela, de una novela gráfica o de algo más. Baste decir que no es coincidencia que Selznick sea diseñador de formación, ni que el libro trate de cine como tema medular.
Las ilustraciones en grafito, resueltas con extrema finura y potencia, arman secuencias visuales que página a página conducen al lector por situaciones que no impactarían igual de haber sido descritas o relatadas con palabras, tal como ocurre con el lenguaje cinematográfico. La entrada en la historia de hecho es un paulatino close-up que nos lleva de la luna a una ciudad a una estación a una muchedumbre a un escondite a un túnel a los ojos de un juguetero y al ojo asomado a través de un reloj de quien acabamos de conocer como el protagonista de la historia.
La invitación al cine viene desde la Breve Introducción hecha por el narrador, profesor H. Alcofrisbas: “Imagínense que están a oscuras, como si fuera a comenzar una película”. Por eso el diseño del libro también resulta fundamental para su disfrute: un fondo negro enmarca palabras e imágenes por igual, y centra nuestra atención igual que lo hiciera una pantalla en la oscuridad de una sala.
Este libro ilustrado, novela gráfica o quimera, narra la historia del pequeño Hugo Cabret, de apenas 12 años de edad, quien vive solo en la estación de trenes de París, y está encargado de dar cuerda a los relojes de este lugar. Sabemos desde el inicio que tiene que granjearse la vida diariamente robando un poco de leche y pan, que es huérfano y que tiene un don para las herramientas y pequeños engranajes; además es dueño de un autómata que su padre intentara reparar antes e morir, y que ahora Hugo esconde. Este secreto dará cuerda a la obra en su totalidad.
Hugo es un mago innato. En la estación hay una juguetería de la que a veces necesita robar también. Ahí conoce a Georges, el juguetero, y a su ahijada Isabelle, y su facilidad por los trucos con cartas y piezas miniatura.
A partir de su relación con Isabelle, Hugo se adentrará cada vez más en libros, películas y mitología que funcionarán en el engranaje que permita resolver el misterio del origen del autómata y de cierto viaje a la luna.

Puede ser que la profesión que escogemos, la pasión que nos encuentra o los sueños que tenemos en gran medida nos hagan quienes somos. Así Hugo describe la ciudad de París, para describirse a sí mismo y, por qué no , a la humanidad:

Me gusta imaginar que el mundo es un enorme mecanismo. A las máquinas nunca les sobra nada, ¿sabes? Siempre tienen las piezas justas para funcionar. Y entonces pienso que, si el mundo es un gran mecanismo, tiene que haber alguna razón para que yo esté en él.

Si somos activos constructores de nuestro destino, no hay pretextos para no encontrarnos con aquel que esperamos; y si no es exactamente el que teníamos en mente, repararlo hasta que logremos ser justo lo que nuestros mejores sueños nos han prometido.

* * *
Visitar la página del libro.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Los sueños de Helena


Libro ilustrado
Primera edición: 2011

Helena me humilla cada mañana, a la hora del desayuno, contándome sus sueños prodigiosos.
Ella entra en la noche como en un cine, y cada noche un sueño nuevo la espera.
Mientras ella cuenta, yo bebo mi café en silencio.
Más me vale callar. Los pocos sueños míos que consigo recordar son de una bochornosa estupidez.
Para vengarme, escribo los sueños que ella vuela.
Aquí están, reunidos, fugitivos de las páginas de mis libros que ellos, los sueños, han mejorado tanto.
Las obras de Isidro los acompañan, de la mejor manera.



Una vez le pregunté a una bebé de menos de un año qué había soñado y se soltó llorando. Al disculparme, su abuela aseguró: “Es una pregunta demasiado personal”. No sólo eso es cierto, también la pequeña Mía y yo acabábamos de conocernos. Además aún no sabe hablar.
¿Qué hay en el silencio de los sueños y en la potencia de contarlos?
Si sueñas que alguien se muere, probablemente estés enojado con esa persona, y aun así sientes la urgencia de decírselo. Será porque muchas veces se siente culpa al despertar, un miedo infinito de tener la omnipotencia de asesinar en nuestra mente y durante la noche a quienes más queremos y ser impunes: “Tú dormías tan tranquilo mientras en mi sueño morías”.
O los amantes que todo se lo dicen y hasta se citan de noche en un lugar imposible donde confluyeran las mentes de los dos. Talitas y Travelers* los hay por doquier, y pocos logran construir ese espacio en común, cual diagrama de Venn, que se localiza del otro lado del centro, en un toro espectacular que toca los lugares más recónditos e íntimos de cada quien y sólo con esa persona se comparten.

Compré este libro por las ilustraciones. No tenía ningún libro de Isidro Ferrer, y más que fijarme en el autor, ver el título o examinar el texto al hojear el libro, me quedé leyendo cada imagen, pequeñas esculturas de papel, tridimensiones bidimensionales, pedacería de recuerdos que se convierten en colecciones para luego dar forma a esas obras de arte que pueden funcionar como ilustraciones, carteles o piezas en sí mismas.
En las ilustraciones de Ferrer habita por igual un muñeco de plástico que bien pudo haber encontrado en el interior de una rosca de Reyes, una escultura de cerámica que figura al mismo tiempo una nube y una taza —binomio fantástico—, o un maravilloso mar hecho de Braille —que conmueve tanto como el texto que acompaña, donde una abuela ciega podía ver el país que habitaría en el exilio ya por el resto de su vida—.
No compré este libro por lo que era, porque aún no lo conocía. Pasa mucho comprar un libro sólo por la portada. Pero la primera noche que volví de la FIL, empecé a leer Los sueños de Helena, su potente prólogo, cada sueño, microrrelato o poema, que venía de la mano de estas hipnotizantes imágenes.

Todos soñamos cada noche, pero pocos lo recuerdan al despertar. Muchos son grandes narradores de sus vidas secretas, para sí mismos o para aquel que acompaña con un café las mañanas, viajeros vertiginosos de la noche. Alguien en este momento siente la urgencia de recapitularlos ante un cuaderno, o espera en un trayecto que no se esfume para revivir su esencia en cualquier otro momento y lugar. Pero curiosamente el soñador termina por olvidar muchos de sus sueños que tan profundamente marcan a su escucha —sin duda los sueños son más fugaces que el amor—.

Entre palabras y objetos crecen figuras tejidas desde todos los lenguajes posibles. Las metáforas caen como lluvia amable para reflejar la candidez del piso abandonado por un niño que estuvo jugando toda la tarde con pequeños objetos que resignificó, uno a uno, hasta revelar esa atmósfera, escenario y película final que desde un cielo y desde la tierra invita a cualquiera a jugar.

lunes, 4 de julio de 2011

Poka & Mina: El despertar


Libro álbum
Primera edición: 2005
Primera edición español: 2010


—¡Arriba Poka, mira qué buen día hace!
—Hmmm —dice Poka.



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Conocí a Kitty Crowther en el stand del Ilustradero en la pasada FIL de Guadalajara. Fue al lado de Eric Titusson, director del Astrid Lindgren Memorial Award y yo poca idea tenía de que estaba nada menos que la ganadora de dicho premio frente a mí. Vi a una mujer muy entusiasmada con todos los productos de los ilustradores, sonriente y sociable. Eric me la presentó y yo abrí grandes los ojos y la saludé. Meses más tarde, en Twitter encontraría una trivia que preguntaba quién había ganado el Astrid Lindgren el último año. Contesté de inmediato y, lo que nunca en la vida, ¡gané! La siguiente semana fui a Colofón a recoger mi premio: este libro que les presento, llegado justo a tiempo en un momento en que necesitaba tal cual despertar.

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Las ilustraciones de Kitty Crowther, autora de sus propias historias, son sencillos y contundentes. Los personajes se colocan en un escenario exacto, con mucho blanco de fondo, que muestran acciones sin palabras en ocasiones, y que llevan la secuencia clara y con un ritmo preciso. Dicen poco y dicen tanto. Grafito, lápices de colores y un fondo inmaculado que resaltan al personaje y enmarcan la sutil coincidencia de ambos juntos y separados por el sueño y la realidad.

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Una parábola que en pocas páginas genera la imagen suficiente de dos personajes que no se encuentran casi nunca, uno vivo y otro dormido, uno despierto y otro cansado. Pero ambos encontrándose justo donde quieren estar. No tenemos que ser iguales al otro para ser felices. En el equilibrio y la diferencia tal vez radique la felicidad.


domingo, 29 de mayo de 2011

Lo que hay antes de que haya algo

Liniers
Libro álbum plegable
Primera edición: 2007



Cada noche pasa lo mismo. Desde la puerta su papá le dice: Hasta mañana. Desde la puerta su mamá le dice: Que sueñes cosas lindas. Y apagan la luz. En ese momento pasa algo increíble... Donde había un techo ahora no hay nada... Veía el techo con sus propios ojos. Ahora sólo ve un espacio negro... Negro e infinito.


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Bogotá, taller de Scafati, la increíble librería Casa Tomada, un café que amarra como pocas cosas que he tomado, y entonces lo vi, ahí pequeñito e inocente. Lo tomé entre mis manos, no quise abrirlo, no quise verlo. Me da miedo la oscuridad. Aun cuando Ana Laura, dueña de la librería, me dijo: “¡Qué buen libro es, ¿verdad?” me resistí a leerlo. Ya de vuelta en México, sola en mi casa, lo abrí de noche. Lo confirmé, la oscuridad es aterradora.

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Las ilustraciones de Liniers son sencilllas. Retoma el estilo que encontramos en sus fantásticas tiras. El ritmo de lectura y el juego imagen-texto funcionan a la perfección. Simples y pausados, los dibujos adentran al lector en esa infinita oscuridad, donde el color va desapareciendo, el silencio se vuelve latente y casi insoportable, y la presencia de la nada sorprende con su suave y terrorífico susurro... La caligrafía de Liniers sin duda resulta parte fundamental de cada ilustración.

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Un niño se va a dormir y, tan pronto se reencuentra con la oscuridad de cada noche, sabe lo que está a punto de ocurrir.
El protagonista nunca abre la boca, al contrario de los ojos que más bien no consigue cerrar. En cambio, ningún lector podría negar que casi se escucha el latido de su corazón, su respiración agitada pero contenida, o notar la parálisis en la que se encuentra inmerso para pestañear o salir corriendo.
De donde estaba el techo, llega volando el primer personaje y se posa frente a él en su cama; no dice nada. Se miran mutuamente en silencio, y así van llegando más seres de la noche. Hace entrada el último, el peor, el que no tiene forma pero sí voz: “Yo soy lo que hay antes de que haya algo”.

Buenas noches.

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El Morbito, n. 1, la oscuridad

Checo

Texto: Idalia Sautto
Ilustraciones: Cecilia Varela
Libro ilustrado
Primera edición: 2010
Mirador
Mención honorífica de narrativa: Invenciones 2009

Esta es la Historia Verdadera de un Niño que se hartó de sus padres y se fue.
El Veintiocho de Septiembre de Mil Novecientos Treinta, en las calles de Chopo número Dos-Dos-Tres de la colonia Santa María la Rivera, mientras el Reloj Elgin marcaba las Doce con Treinta y Cuatro minutos nació Checo.
Checo era el segundo hijo de Dos Hermanos.
Por las mañanas y por las noches tenían derecho a comer Bolillo y Medio.
A Checo le gustaba Coleccionar Canicas, pero no cualquier Canica, sobre todo las que fueran transparentes y parecieran Agüitas. También le gustaba patinar. Pero cuando tenía Ocho años casi Nueve le robaron los patines en la escuela. Haroldo, su Hermano Mayor, le dijo que eso le pasaba por Presumido. Pero Checo no era Presumido. A decir verdad no tenía mucho De Qué Presumir.
Checo tenía Nueve años casi Diez cuando supo lo que Realmente quería en la Vida: Ser Maquinista.

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Casi conocí a Idalia varias veces en mi vida. Entré a una primaria el año en que ella salió. Vivía en el mismo edificio que mis tíos, ambas somos ávidas lectoras de Cortázar. Al parecer más de mil veces nos cruzamos en calles, librerías y aulas de la ciudad de México, sin reconocer en su momento que teníamos muchas cosas en común. Pero así es el azar y, cortazarianas al fin, nos vimos cara a cara, y nos cruzamos palabra a palabra en la FIL de Guadalajara de 2009. Javier Sáez era finalista del premio Invenciones, y nos habló de una chica que había escrito un libro increíble, con quien competía, y que ya era una gran amiga. Idalia llegó al stand de El Ilustradero y platicamos por horas, fuimos a cenar, estuvimos en la premiación, donde anunciaron que si bien Javier era el ganador (con La venganza deEdison), Idalia tenía sin duda mención honorífica, y su libro también sería publicado. Ella lloraba de la emoción, contenta, orgullosa y satisfecha. Su libro se había vuelto Realidad.

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Las coincidencias siguieron y, el año que Cecilia Varela se fue de vuelta a Argentina, le encargaron este libro sobre la ciudad de México. Sus ilustraciones tienen esa melancolía del pasado, esa cualidad entrañable de los álbumes viejos de fotos, del instante captado al estar parado viendo por la ventana, de transeúntes sin saberse observados cumpliendo con la cotidianidad, de objetos olvidados en la banqueta. Retrata así, tal como lo hace Idalia con la palabra, a la ciudad y a esa esencia que se siente en el aire, pero que pocas cámaras, pinceles o plumas son capaces de plasmar.

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Checo es un niño de Nueve casi Diez años con grandes sueños y ambiciones. Nada lo detiene y por eso decide un día irse de su casa y construirse su futuro. La ciudad de México aparece como coprotagonista en esta historia llena de souvenirs de la época, circo, calles y una aventura sutil pero memorable. De ésas que hacen que la vida cotidiana se convierta en un recuerdo que trasciende en forma de emoción, como los sueños.
La memoria como tema sin duda es estelar en esta novela de Idalia, y trabaja en varios niveles.
El personaje de Checo está basado y es homenaje a uno de la vida real: su abuelo quien siempre fue un gran narrador de su propia historia. Así surgió la semilla del libro. Primero, como un ejercicio en la carrera de Historia, donde Idalia desarrolló una investigación sobre los años treinta en la ciudad de México a partir de todo lo que su abuelo recordaba. Notas y notas, horas de grabaciones le dieron a Idalia material muy inspirador para dar el salto a la ficción. 
Así se revela más tarde con el libro la escritora con su propia forma de ver el mundo, a su abuelo, la ciudad y la vida.
En Checo encontramos datos reales de la época, otros quizá naturalmente distorsionados por la memoria de su abuelo, y escenas que Idalia recrea y que no sólo pudieron haber ocurrido, sino que se llenan de vida al ser construidas por sus palabras en el entramado de su propia narración.
Destaca el uso de mayúsculas, donde pone un acento a aquello que tiene importancia especial para el protagonista, tiene juegos de palabras maravillosos y ligados estrechamente con Checo que a sus Nueve casi Diez años supo con la certeza de pocos lo que quería hacer de su vida, quién ser.
Y sobre todo, aplaudo la osadía de poner y llevar hasta las últimas consecuencias la historia de un niño con las agallas para irse de su casa y hacerse de una vida (no sólo sobrevivir), para volver en su momento, como figura de héroe, siendo otro, más fuerte, más sabio, más él.