Primera edición: 2007
Primera edición en México: 2010
Desde su posición privilegiada tras el reloj, Hugo podía observarlo todo. Manoseó inconscientemente el pequeño cuadernos que llevaba en el bolsillo y se dijo que debía tener paciencia. El viejo de la tienda de juguetes estaba discutiendo con una niña que tenía más o menos la edad de Hugo. A menudo la veía llegar a la tienda con un libro bajo el brazo y desaparecer tras el mostrador. El viejo parecía nervioso aquel día. ¿Se habría dado cuenta de la desaparición de los juguetes? Aunque así fuera, Hugo no podía hacer nada para remediarlo. Si robaba juguetes era porque le hacían falta. El viejo juguetero y la niña discutieron un poco más y por fin ella cerró el libro y se fue corriendo.
Cuando el libro salió en 2010, yo no sabía nada de Hugo
Cabret. Pero el año pasado, con el estreno de la librería de SM en la planta
baja de la editorial, y mientras esperaba con Jorge a que bajara Quetzal para
llevarnos a lo más alto de aquel edificio, veíamos la vitrina llena de
novedades y viejos títulos cual niños en una juguetería. Ahí estaba La
invención de Hugo Cabret que Jorge encontró
emocionado, cuya historia hablaba de un niño, un autómata y un tal Georges Méliès.
Platicamos emocionados con Quetzal sobre el libro, y más tarde cuando lo vimos
para comer, traía dos ejemplares de regalo.
No lo leí de inmediato, pero ojeaba con encanto sus
imágenes. El libro, de complexión robusta, pareciera volverse liviano cuando
uno encuentra dentro tantas ilustraciones. Para aquel que quiere a toda costa
ceñir una obra en un género, quizá le resulte difícil decidir si La
invención de Hugo Cabret se trata de una
novela, de una novela gráfica o de algo más. Baste decir que no es coincidencia
que Selznick sea diseñador de formación, ni que el libro trate de cine como
tema medular.
Las ilustraciones en grafito, resueltas con extrema finura y
potencia, arman secuencias visuales que página a página conducen al lector por
situaciones que no impactarían igual de haber sido descritas o relatadas con
palabras, tal como ocurre con el lenguaje cinematográfico. La entrada en la
historia de hecho es un paulatino close-up que nos lleva de la luna a una
ciudad a una estación a una muchedumbre a un escondite a un túnel a los ojos de
un juguetero y al ojo asomado a través de un reloj de quien acabamos de conocer
como el protagonista de la historia.
La invitación al cine viene desde la Breve Introducción
hecha por el narrador, profesor H. Alcofrisbas: “Imagínense que están a
oscuras, como si fuera a comenzar una película”. Por eso el diseño del libro
también resulta fundamental para su disfrute: un fondo negro enmarca palabras e
imágenes por igual, y centra nuestra atención igual que lo hiciera una pantalla
en la oscuridad de una sala.
Este libro ilustrado, novela gráfica o quimera, narra la
historia del pequeño Hugo Cabret, de apenas 12 años de edad, quien vive solo en
la estación de trenes de París, y está encargado de dar cuerda a los relojes de
este lugar. Sabemos desde el inicio que tiene que granjearse la vida
diariamente robando un poco de leche y pan, que es huérfano y que tiene un don
para las herramientas y pequeños engranajes; además es dueño de un autómata que
su padre intentara reparar antes e morir, y que ahora Hugo esconde. Este
secreto dará cuerda a la obra en su totalidad.
Hugo es un mago innato. En la estación hay una juguetería de
la que a veces necesita robar también. Ahí conoce a Georges, el juguetero, y a
su ahijada Isabelle, y su facilidad por los trucos con cartas y piezas
miniatura.
A partir de su relación con Isabelle, Hugo se adentrará cada
vez más en libros, películas y mitología que funcionarán en el engranaje que
permita resolver el misterio del origen del autómata y de cierto viaje a la
luna.
Puede ser que la profesión que escogemos, la pasión que nos
encuentra o los sueños que tenemos en gran medida nos hagan quienes somos. Así
Hugo describe la ciudad de París, para describirse a sí mismo y, por qué no , a
la humanidad:
Me gusta imaginar que el mundo es un enorme mecanismo. A las máquinas nunca les sobra nada, ¿sabes? Siempre tienen las piezas justas para funcionar. Y entonces pienso que, si el mundo es un gran mecanismo, tiene que haber alguna razón para que yo esté en él.
Si somos activos constructores de nuestro destino, no hay
pretextos para no encontrarnos con aquel que esperamos; y si no es exactamente el que teníamos en mente,
repararlo hasta que logremos ser justo lo que nuestros mejores sueños nos han
prometido.
* * *
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